El padrecito
Acostarse con un padrecito es como comer pescado en Semana Santa, lo haces porque todos (los gays) lo hacen o han hecho, pero cuando pasan estos días, regresas a lo tuyo, que es un buen trozo de carne magra.
Cada Semana Santa voy a mi pueblo natal para pasarla en familia, asistir a las procesiones y atascarme de nieve (una especie de helado) de chocolate. Por lo general nunca pongo mucha atención a los servicios religiosos, pero todo cambió esta última ocasión.
Mi madre me levantó muy temprano, dijo que debía acompañarla a misa de 10… nadie, ni mi jefe me levanta a esa hora. Salí de la cama como nazareno latigueado, me bañé y me puse la camisa blanca que compré para el primer día de Semana Santa.
Entramos a la iglesia poco antes de las 10 de la mañana, mi mamá saludó a las hermanas García, la señora Jiménez, la viuda Villarruel y la chismosa Narváez. Nos acomodamos en primera fila y mi progenitora anunció: “Te va a encantar el nuevo padre, para nada es aburrido”. Yo dudé, para que me entiendan, mi mami es fan de Rafael…
Escuché cuando la estudiantina comenzó a tocar, entonces de uno de los costados del altar principal, salió el padre Santiago “¡Padre nuestro que estás en el cielo!”, pensé.
El padre Santiago no era como los demás, apenas pasaba los 30 años de edad, 1.80 de altura, pelo quebrado y una barba recortada con evidente devoción. De las mangas de su sotana asomaban unas gruesas manos de hombre, llenas de vello, que sugerían un cuerpo lleno de él. De repente me di cuenta que me había unido felizmente a los cantos, voltee a ver a mi madre y vi que estaba totalmente estupefacta ante mi aparente fe recién revivida.
La misa transitó hasta el momento de tomar la ostia, hacía por lo menos hace 5 años no comía el “cuerpo de Cristo”, pero esta vez vi una oportunidad diferente. Con la evidente sorpresa de mi madre, la acompañé a tomar la ostia; ya en la fila, no dejaba de ver esos tiernos ojos cafés con los que el padre Santiago miraba a todos los feligreses; paso a paso, mi erección se hacía evidente, crucé mis manos frente a mi pene fingiendo compostura y entonces escuché “El cuerpo de Cristo”, dije “Amén”, cerré mis labios rápidamente y con mi lengua chupe un poco del ancho dedo índice del sacerdote.
Sin perder su actitud serena, y para mi sorpresa, el padre Santiago me dirigió una mirada amenazadora pero acompañada de una pícara sonrisa, supe que había encontrado un pecador.
Finalizó la misa, de inmediato, mi madre y otras señoras se acercaron para invitar al padre Santiago a comer a su casa. Adivinen a quien le aceptó la invitación.
Caminamos por el pueblo hasta la casa, yo no pronuncié ni una palabra, mientras mi madre charlaba con el sacerdote más candente de esta temporada de Semana Santa. Para acompañarnos, el padre Santiago se había puesto una clériman y unos pantalones negros, a través de los cuales me di cuenta de sus bien formadas nalgas y ese bendito paquete que seguro me haría llegar al éxtasis, como el de Santa Teresa.
Comimos y yo no pronunciaba ninguna palabra, hasta que el padre Santiago me preguntó “¿No vives aquí verdad?”, le respondí que no y empezó a platicarme la historia de cómo había llegado hasta ese “pueblo mágico”. De pronto mi mamá se vio desplazada en la conversación, ofrecí llevarlo a dar un paseo y aceptó.
Tomé el auto de mi papá y nos dirigimos al campo, pues lo había oído decir que no conocía las afueras del pueblo. Ya bien alejados de los pueblerinos, frente a un campo sembrado de amaranto, le dije:
“Padre Santiago estuvo muy rica la ostia”, me respondió: “Llámame Santiago a secas, además después de casi comerte mi dedo ya estamos en confianza”.El padre posó su mano sobre su entrepierna y me invitó a bajar mi cabeza, yo le pregunté: “¿Quieres que confiese mis pecados?”, el instruyó: “Primero debes cometerlos, para luego arrepentirte y yo te puedo ayudar en ambos casos”.
Bajé el cierre dorado de Santiago y me encontré con unos calzoncillos Calvin Klein color morado, color del pecado. Su miembro viril levantó la cabeza como cuando él lo hace al iniciar la misa. Fiel a mis enseñanzas, lo metí en mi boca y con mi lengua chupé, con toda el alma chupé.
El pene de Santiago crecía a un ritmo milagroso, de unos flácidos 13 centímetros, alcanzó los 25 en menos de lo que se reza un Ave María. Y bien erecto, Santiago me dijo con dulzura: “Eres muy guapo, prométeme que conmigo me entregarás hasta el alma”. Obedecí.
Santiago me quitó la camisa blanca con la que había envuelto mi cuerpo, lamió uno por uno mis pezones, luego me propuso salir al campo y fornicar entre el amaranto.
Los dos sin camisa caminamos entre las altas matas de la “planta de alegría”, escondidos de toda mirada mundana, excepto la omnipresencia de Dios, Santiago me bajó bruscamente el pantalón, se sacó la verga de entre los calzoncillos, escupió atinándole a mi ano y entonces la metió.
Gemía de placer, una tras una, las embestidas de Santiago eran celestiales. Se sacó de la bolsa un rosario y lo puso alrededor de mi cuello, entonces exigió, “¡Reza un padre nuestro puto!”, que Dios me perdone, pero eso me excitó aún más. “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea…” dije cuando se me escapó un “Ahhhhhh!”, Santiago se detuvo, me sacó la verga y tomándome de los hombros me volteó para verlo a la cara, luego dijo:
“Te dolió, pero el final te gustará”De entre su otro bolsillo sacó un condón, se lo puso y como si se tratara del cáliz, me cargo y depositó mi cuerpo en la tierra. En todo este tiempo su pantalón seguía arriba sostenido únicamente por la amplitud de su culo y sólo dejando de fuera el pene y los testículos.
Pero Santiago aún me tenía una sorpresa, una pequeña botella plástica apareció de entre sus botas, pregunté: “¿Para qué es eso?”; “Este es el mejor lubricante mi rey”. Con el nada te dolerá”, vi una leyenda a plumón que decía: “Agua bendita”.
Luego de echarme el agua bendita sentí que ardía, Santiago no fue misericordioso, me la dejó ir toda otra vez, con mis piernas sobre sus hombros, recibí el castigo por todos mis pecados. Como latigazos, Santiago sacaba todo su pene para volverlo a meter hasta chocar con sus bolas, una y otra vez, yo gritaba de doloroso placer. Entonces sentí que se rompió el condón, pero no podíamos parar; lo tomé del cuello y le di un beso, su sudor caía sobre mis mejillas y entonces terminó, y yo con él.
Después de desincorporarnos, Santiago se levantó, me ayudó a ponerme de pie y me vistió, abotonando mi camisa y subiendo mi pantalón con las mismas manos que pone la señal de la cruz sobre las frentes de muchos feligreses un miércoles de ceniza. Me dijo: “Cris eres un muchacho muy bueno ¿Por qué no eliges el camino del señor?”, mientras subíamos al auto le respondí:
“A partir de hoy te seguiré a donde vayas, seré tu discípulo”Ahora tengo una buena razón para asistir a misa más seguido, sentir el amor de Dios y la pasión de uno de sus mejores hijos.
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Bueno, ahí estuvo el relato erótico de este mes. Originalmente publicado en http://www.soyhomosensual.com/el-padrecito/ creo que no es de los mejores relatos que he leído, pero la idea de hacerlo con un sacerdote la verdad me prende mucho. Y también me prende mucho el tipo que escribió este relato. No lo sé, simplemente tiene la clase de mirada que me vuelve loco.

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